.:: 2º Guerra Tiranida - La Flota Enjambre Kraken ::.



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Año: (993.M41)

Transcurrieron dos siglos y medio sin ningún descubrimiento ni noticia de más incursiones Tiránidas. Algunos miembros del Adeptus Administratum de la Tierra empezaron a cuestionarse la necesidad de mantener tantas fuerzas armadas en el Sudeste galáctico para resistir a una amenaza Tiránida inexistente. Argumentaban que la Flota Enjambre había representado la totalidad de la raza Tiránida, y que ésta había sido destruida en Macragge. Cuando los mundos habitados a lo largo de la Franja Sudeste empezaron a sufrir una epidemia de alborotos, terrorismo, sabotaje y, en algunos casos, rebelión abierta, estos miembros del Adeptus denunciaron que la gente estaba harta de vivir en medio de un campamento militar, y que estaban expresando su disconformidad de forma violenta.

La Inquisición sospechó que detrás de ello había una conspiración y se puso en marcha rápidamente para "investigar" a los disidentes en busca de intenciones de traición o influencias heréticas. Pronto quedó demostrado que todos los oficiales disidentes del Administratum eran originarios de la Franja Sudeste, o habían viajado hasta allí en algún momento de su carrera. No pudieron encontrar ningún otro denominador común, y casi ninguno de los posibles traidores se había reunido jamás con los demás.

Se enviaron Inquisidores desde la fortaleza de la Inquisición en Talasa Primus para investigar las rebeliones en el Segmentum Ultima. Simultáneamente, la Inquisición llevo a cabo una gran purga en todo el Imperio, especialmente en la Tierra, encarcelando a cualquiera que ocupara un alto cargo y hubiera estado en contacto con la Franja Este. Decenas de miles de personas fueron arrestadas por los Arbites para que languidecieran en las colonias prisión mientras proseguían las investigaciones.
Ichar IV

La primera preocupación del Imperio fue la rebelión en el mundo industrial de Ichar IV. El sistema Ichar era vital para el Imperio. Sus gigantescas factorías y refinerías formaban el núcleo de uno de los pocos sectores densamente poblados del Segmentum Ultima. Miles de naves cargadas con minerales y micoproteinas circulaban cada año por los grandes muelles espaciales de Ichar.

La rebelión había sido rápida y sangrienta. Unos años antes, un grupo religioso fundamentalista denominado La Hermandad había penetrado en los corazones y las mentes de los empobrecidos trabajadores de las ciudades. Sus enseñanzas sobre el retomo del Emperador prometían una época mejor, y un lugar en el cielo junto a él, el tipo de tranquilidad espiritual que buscan aquellos que no poseen ningún poder o privilegio en la vida,

Las misiones humanitarias y capillas de La Hermandad pronto fueron frecuentes en los distritos más pobres, y sus buenas obras eran legendarias. La Eclesiarquía había vigilado de cerca a La Hermandad en busca de cualquier idea iconoclasta o herética, pero, si los informes eran correctos, no había encontrado ninguna: sólo había la más loable fe en el Emperador. Finalmente, La Hermandad pidió permiso, y le fue concedido, para construir una catedral en Lomas, la mayor ciudad de Ichar IV.

Poco después de acabar la construcción de la catedral empezaron los problemas. La Hermandad se negó a pagar sus impuestos al Gobernador Planetario e impidió que sus miembros fueran reclutados para las Fuerzas de Defensa Planetaria. Los predicadores de La Hermandad empezaron a enardecer a la población con predicciones sobre el inminente regreso del Emperador. Milicias de Vigilantes de la Hermandad empezaron a patrullar muchas áreas, empleando la fuerza, más contra los "infieles" que contra los inexistentes criminales.


Rebelión y guerra

La situación llegó a su punto álgido cuando una manifestación degeneró en una turba que se concentró delante de la catedral de La Hermandad. Los Arbitradores se prepararon para dispersar a la multitud con Porras de Energía y Escudos de Supresión, pero fueron tiroteados desde el interior de la catedral. Los Arbites respondieron al fuego, matando a varios milicianos de La Hermandad, y enfureciendo a la gran masa de gente. Después de rechazar varias cargas del populacho, los Arbitradores tuvieron que retroceder al llegar una nueva muchedumbre procedente del distrito pobre.

Los disturbios se propagaron por toda la ciudad, y los Arbítes se vieron impotentes para reprimirlos. Cuando se recurrió a las TDP para ayudar a los Arbitradores, muchos de ellos se rebelaron y se aliaron con La Hermandad. La lucha se extendió a toda la ciudad y, cuando se supo que el Gobernador Planetario había sido asesinado, los combates se propagaron a las otras ciudades de Ichar IV. En pocas horas, tanques con las insignias de La Hermandad, y enarbolando toscos estandartes revolucionarios controlaban la mayor parte de las intersecciones e instalaciones de Lomas, y las fuerzas Imperiales empezaron a ser expulsadas de las otras ciudades.

Al atardecer, se confirmó que el gobernador planetario y la mayoría de sus ministros habían sido asesinados. Algunos murieron por atentados con bombas, otros por francotiradores, otros asesinados por sus propios criados de forma horripilante, en crímenes más parecidos al ataque de una bestia salvaje o a los efectos de la violencia enloquecida que simples asesinatos. Poco tiempo después, La Hermandad tomó todas las estaciones de teledifusión y anunció el establecimiento de su nuevo gobierno teocrático.

Las fuerzas leales todavía controlaban la mayor parte de las áreas rurales en el exterior de las ciudades, y los Jueces del Adeptus Arbites resistían en su fortaleza contra la población rebelde, en el centro de Lomas. Sin embargo, la mayor parte de las ciudades del planeta habían sido capturadas en una rebelión a gran escala contra el Emperador de la Humanidad. El Inquisidor Agmar llegó a Ichar veintisiete días después del inicio de la rebelión, el mismo día que la fortaleza de los Arbites fue finalmente tomada por las fuerzas de La Hermandad. Sin embargo, los Jueces no podían ser derrotados tan fácilmente. La mayor parte de sus tropas escaparon por un túnel secreto y capturaron los cuatro generadores principales de la ciudad.

A los ojos del Inquisidor Agmar, la situación en Ichar IV tenía todas las características de una conspiración bien organizada y no del estallido de violencia popular argumentado por La Hermandad. Agmar pidió la ayuda del Capítulo de Marines Espaciales de los Ultramarines para apoyar a las tropas Imperiales en la restauración del orden en Ichar IV. Mientras esperaba la llegada de los Ultramarines, los regimientos de la Guardia Imperial en Ichar bombardearon las ciudades y rechazaron los feroces contraataques lanzados por los batallones de la milicia de La Herniandad.

Los repetidos intentos de llegar hasta los asediados Arbites fracasaron en las ruinas que rodeaban las plantas de generadores. Entre los escombros de rococemento despedazado y las retorcidas vigas, las unidades de la Guardia Imperial fueron rechazadas por el salvaje fanatismo de las tropas de la Hermandad en mortíferos combates cuerpo a cuerpo. Los valientes Arbites finalmente cayeron seis días después de la llegada de Agmar, aunque como último acto de lealtad al Emperador, destruyeron los generadores de potencia que habían defendido tan valerosamente. Las espectaculares llamas liberadas por las explosiones de fusión ardieron durante muchos días, cubriendo Lomas con una negra nube de humo que se extendía como una escalofriante mortaja sobre la ciudad.

La guerra había llegado a un punto muerto, y degeneró en una lucha callejera generalizada. Las bajas aumentaban espectacularmente cada día que pasaba a causa de las escaramuzas y emboscadas que tenían lugar entre los edificios en ruinas, las factorías arrasadas y las destrozadas refinerías. Los francotiradores acechaban, preparados para matar a los incautos. Cada puerta podía esconder una trampa explosiva o un enemigo. Patrullas enteras de la Guardia Imperial desaparecían sin dejar rastro en la vorágine del combate.

En las otras ciudades se repitió la misma historia. La Hermandad controlaba las armerías de la Defensa Planetaria, y la numerosa población de la que reclutar soldados, y además controlaban la mayor parte de los láseres y silos de misiles del planeta. Sería necesario derrotarlos mediante el asedío y el hambre.

El Inquisidor Agmar se infiltró junto con varias unidades de la Guardia de pequeño tamaño al interior de Lomas para intentar conseguir más información sobre La Hermandad. Pieza a pieza, pudo completarse la imagen completa de lo sucedido en Ichar IV. Por algunos prisioneros averiguó que los Hierofantes que gobernaban declaraban fanáticamente formar parte del magnífico "Nuevo Orden" que se extendía por la galaxia. En un ataque sorpresa, mataron a un Neófito de La Hermandad, y vieron el tipo de criaturas que dirigían este Nuevo Orden. Las profecías del Tarot Imperial y de los Psíquicos del Adeptus Telepática confirmaron los peores temores de Agmar. En total secreto, el Inquisidor Agmar envió un informe al cónclave de la Inquisición, y esperó la llegada de los Marines Espaciales.

Treintaynueve días después del estallido de la revolución, la astronave de transporte Octavius de los Ultramarines penetró en la órbita de Ichar IV y se preparó para lanzar sus cápsulas de asalto orbital. Las defensas planetarias de Ichar IV estaban completamente inservibles a causa de los daños causados en los generadores de Lomas por los Arbites, y las bajas durante el asalto fueron mínimas. Compañías de Marines Espaciales tomaron los principales arsenales de los defensores y el palacio del gobemador, donde estaba ubicado el Cuartel General de la milicia de La Hermandad. Al principio, La Hermandad fue tomada completamente por sorpresa, y los objetivos principales fueron ocupados rápidamente. La milicia de La Hermandad lanzó una serie de contraataques desesperados para desalojar a los Marines Espaciales, pero sus fuerzas estaban críticamente desorganizadas a causa de la destrucción de su Cuartel General, y fueron rechazadas con grandes bajas.

En el exterior de la ciudad, la Guardia Imperial lanzó un ataque a gran escala para llegar junto a los Ultramarines. El fuego y el humo cubría el cielo, mientras los proyectiles de la artillería explotaban sobre la ciudad. Los disparos de láser se cruzaban mientras figuras agazapadas corrían de una cobertura a otra. Los Bólters Pesados iluminaban la oscuridad: sus proyectiles abrían profundos cráteres en los montones de escombros y ruinas. La Guardia Imperial avanzó con mucha precaución utilizando los tanques Leman Russ como puntos fuertes móviles, y las tropas de La Henilandad se vieron obligadas a retroceder ante su avance.

En el punto álgido del ataque, el satélite espía especialmente colocado por el Inquisidor Agmar detectó que las tropas de la milicia abandonaban la catedral de La Hermandad e intentaban desplegarse en posiciones defensivas para intentar contener el ataque Imperial. El Inquisidor sabía que era el momento de dar el golpe de gracia a la rebelión. Envió una señal previamente acordada al Octavius, que seguía en órbita.

En la gigantesca bóveda de la catedral apareció una crepitante aura azul, que creció en intensidad hasta que con un estallido azul se solidificó en varias figuras voluminosas. Los guardias de La Henriandad situados junto a las puertas se dieron medía vuelta a tiempo de ver como eran barridos por una fulminante ráfaga de proyectiles explosivos. En medio del repentino silencio que siguió pudieron distinguirse más de veinte Marines Espaciales con armaduras de Exterminador. Más guardias, Neófitos y Acólitos aparecieron repentinamente por las puertas laterales de la catedral, mientras los Exterminadores se apartaban del punto a donde habían sido teleportados. Una tormenta de rayos láser y proyectiles repiqueteó en las gruesas armaduras de los Externiinadores sin causarles ningún daño: los puños enguantados levantaron sus Bólters de Asalto, y las paredes quedaron decoradas con la sangre de La Hermandad.

Un grupo de supervivientes se lanzaron al combate cuerpo a cuerpo contra los gigantescos guerreros. Sus voluminosas ropas cayeron al suelo cuando los Neófitos atacaron con sus garras inhumanas, mostrando sus huesudas cabezas y ojos inyectados en sangre. Algunos de los Exterminadores fueron derribados y arrastrados por la ferocidad sobrenatural de los extraños atacantes, pero el rugiente chorro que brotó del Lanzallamas Pesado mató a todos los supervivientes antes de que pudieran aprovechar el ímpetu de su carga inicial. El humo y el hedor a carne quemada ascendió hacia el elevado techo como una pira funeraria.

Los Exterminadores se pusieron en marcha con la precisión de una máquina; algunos permanecieron inmóviles dispuestos para disparar en fuego de supresión mientras el resto registraba la catedral buscando el pasadizo secreto que sabían debía existir. Su Bibliotecario señaló el altar, y una nueva ráfaga de proyectiles explosivos lo destrozó, dejando al descubierto unos escalones que descendían hacia la oscuridad.

Activando los focos de sus trajes, los Exterminadores descendieron los escalones para penetrar en el oscuro corazón de La Hermandad. Al final de los escalones encontraron una siniestra cripta con numerosos túneles que se extendían desde ella en todas direcciones, pero el Bibliotecario podía percibir la ruta que debían tomar a través de aquel laberinto. Los Rastreadores de los Exterminadores se activaron en cuanto abandonaron la cripta, mostrando la posición de numerosos enemigos que se acercaban rápidamente hacia su posición. Se trataba de criaturas que se movían demasiado rápidamente para ser humanas. Los Exterminadores se colocaron en posiciones desde las cuales podían disparar en fuego de supresión y esperaron, preparados para abrir fuego al menor movimiento.

Primero pudo oírse el distante roce de las garras sobre la roca; poco después pudo distinguirse el retumbar de las pezuñas acorazadas de las criaturas clavándose en el suelo, mientras los atacantes corrían para matar a los intrusos. El primero de ellos apareció en el resplandor de las luces, con sus cuatro mortíferos brazos levantados por encima de su encorvado cuerpo y su bestial cabeza, ¡Genestealers! No quedaba duda alguna, el Inquisidor tenía razón: un grupo de estos alienígenas estaba detrás de la rebelión. A medida que los Genestealers siguieron avanzando con la rapidez de los insectos para matar a sus odiados enemigos, aparecieron más garras y colmillos. Los Bólters de Asalto rugieron en un estruendo ensordecedor en el confinamiento del túnel; los proyectiles de punta explosiva rebotaban en los quitinosos cuerpos o destrozaban la carne alienígena, convirtiéndola en pulpa. Las purificadoras llamas de los Lanzallamas barrieron los túneles, pero las criaturas siguieron cargando sin miedo ni vacilación alguna.

Cada destello estroboscópico de los Bólters de Asalto mostraba cómo el enemigo iba acercándose. Pasaron por encima de los cadáveres que se apilaban frente a los Exterminadores y les atacaron. Tres de los humanos de grandes armaduras fueron destripados en pocos segundos antes de que el resto retrocediera hacia la cripta. Los Genestealers les persiguieron sin descanso, atrapando fácilmente a los más rezagados, mientras los Marines Espaciales retrocedían disparando. ¿Quién puede decir cuántos alienigenas fueron abatidos por los disparos de Bólter de Asalto o aplastados por los Puños de Combate de los Exterminadores antes de ser vencidos? No los suficientes para detener a la desbordante progenie, pero sí los necesarios para retrasarlos lo suficiente mientras sus compañeros se preparaban una vez más para la lucha.

En la cripta, los Lanzallamas mantuvieron los pasillos laterales despejados de Genestealers que intentaban flanquearlos, y los obligaron a entrar por un extremo de la sala. El fuego combinado de media docena de Bólters de Asalto diezmó a la horda, y los sobrevivientes buscaron la cobertura de los grandes sarcófagos de piedra. El Bibliotecario invocó una purificadora columna de fuego de Disformidad. Las llamas antinaturales cubrieron el extremo de la cripta, unas silbantes llamas que devoraron la carne alienígena como si fuera grasa y cartílago en vez de un cuerpo quitinoso duro como el hierro, y cartílagos resistentes como el acero. La mayoría de la progenie resultó carbonizada al instante, y el resto murió bajo los proyectiles explosivos que atravesaron sus filas como si se tratara de apoyo artillero en miniatura.

Los Exterminadores volvieron a avanzar, esta vez cautelosamente pues eran pocos. Ningún Genestealer más les impidió el paso, o les tendió una emboscada mientras los Ultramarines se adentraban cada vez más profundamente en la oscuridad. A mucha profundidad bajo la ciudad, encontraron lo que estaban buscando en una cámara con las paredes esculpidas como si se tratara de las costillas de una gran bestia. Allí se encontraba el Patriarca Genestealer, en el centro de una gran plataforma, enorme y abotargado por la energía psíquica de su progenie en expansión. Le hallaron de cuclillas, con los brazos extendidos, y con la cabeza mirando hacia arriba como si estuviera escuchando una llamada distante mientras los Ultramarines entraban en la sala. Los Marines Espaciales levantaron sus armas para destruir a la abominación, y los ojos de ésta descendieron para mirarles con un amenazador siseo.

Sin prevío aviso, una horda de monstruosidades penetró en la habitación atravesando las calcificadas paredes óseas. Híbridos con tres brazos, humanos corrompidos y Genestealers purasangres se lanzaron a la carga para proteger a su progenitor. Un muro de proyectiles explosivos les cubrió, y la cámara quedó sumida en el caos y la carnicería, mientras los aullantes fanáticos se lanzaban contra los Exterminadores. El Bibliotecario de los Exterminadores se abrió paso entre las criaturas, mientras el brillo blanco de su Hacha de Energía dejaba un rastro de miembros amputados y cabezas cortadas tras de sí. Cada paso era más difícil que el anterior, como si intentara vadear un río cada vez más profundo. Podía notar las palpables ondas psíquicas de los pensamientos alienígenas que golpeaban su mente mientras el Patriarca descargaba su ancestral e implacable fuerza de voluntad sobre él. En su subconsciente se abrieron profundas lagunas, dispuestas a devorar totalmente su psique.

Una descarga de energía del Capuchón Psíquico del Bibliotecario rompió el hechizo. Concentrando su propia e indomable fuerza de voluntad, el Bibliotecario obligó a su cuerpo a abandonar el mundo material durante unos instantes, y desapareció. Un brillante destello marcó su desaparición, y otro destello, el punto sobre la plataforma al que se había dirigido al teleportarse junto al Patriarca. La criatura dio media vuelta y atacó con sus garras con una velocidad increible. De la armadura del Bibliotecario saltaron chispas y sangre cuando las garras se clavaron en ella. El Patriarca esquivó fácilmente el débil ataque del Bibliotecario, y volvió a atacar descargando una lluvia de golpes sobre la figura blindada a una velocidad que la vista apenas podía seguir.

Desesperado, el Bibliotecario pidió auxilio a sus camaradas, y la plataforma fue barrida por las ráfagas de los Bólters de Asalto. El fuego indiscriminado repiqueteó en la armadura del Bibliotecario, pero algunos de los disparos alcanzaron e hirieron al Patriarca. En ese instante de distracción, el Bibliotecario atacó con su Hacha de Energía, que describió un irresistible arco que penetró profundamente en la gruesa piel del Patriarca con un destello de energía. El Hacha de Energía golpeó una y otra vez, convirtiendo al Patriarca en pulpa, y derramando icor púrpura por toda la cámara.

Con la muerte de su Patriarca, la progenie quedó aturdida. En la cámara, los Exterminadores que quedaban aniquilaron a la masa de criaturas que les estaban atacando. Nadie escapó a las ráfagas de los Bólters de Asalto y a las purificadoras llamas de los Lanzallamas mientras los Exterminadores se vengaban en cierta forma por la muerte de sus antepasados, más de dos siglos antes. En la ciudad, las unidades de La Hermandad que resistían ante el ataque de la Guardia Imperial se desbandaron. Pequeños grupos de Acólitos y Neófitos fanáticos resistieron en torres y búnkers, pero los triunfales tanques de la Guardia Imperial avanzaron por las calles en ruinas de la ciudad aplastando toda resistencia.

En tan sólo tres semanas, Ichar IV estuvo nuevamente bajo el férreo control del Imperio. Todos los rastros de la infestación Genestealer fueron erradicados por el Inquisidor Agmar con ayuda de los Ultramarines. Sin embargo, al final de la campaña, todavía quedaban algunos misterios por resolver. El primero era que le había sucedido al Magus, el líder humanoide de la Progenie que había desaparecido al iniciarse la rebelión. Su cuerpo no se encontró nunca, y ninguno de los prisioneros pudo aclarar dónde se encontraba, ni tan sólo bajo el persuasivo interrogatorio de Agmar.

El segundo misterio eran los informes de los Astrópatas y el Bibliotecario de los Ultramarines que había matado al Patriarca. Según ellos, habían detectado una débil perturbación psiquica, como una larga y fúnebre llamada o una señal que partía del planeta, una señal que quedó interrumpida en cuanto murió el Patriarca. El más viejo y más poderoso de los Astrópatas contó al Inquisidor que también había notado la llamada del Patriarca, y que había percibido un pequeño cambio en el Espacio Disforme. Era como si algo muy grande y desbordante, como el eco de un ente de poder y presencia monstruosos, hubiera centrado su atención en Ichar.

Cuando Agmar presentó su informe al conclave de la Inquisición, informó del creciente número de informes de supervivientes que huían de la frontera exterior. La información era confusa y contradictoria, pero había algo muy claro: los Tiránidos habían regresado con una nueva Flota Enjambre, la Flota Enjambre Kraken.

Los tentáculos del Kraken

Esta nueva invasión Tiránida empezó sin previo aviso, y nadie sabía cuántos planetas habrían sucumbido ya ante la horda Tiránida. La Flota Enjambre Kraken estaba compuesta por varias flotas que atacaban diferentes mundos de un mismo sector simultáneamente. La alarmante interferencia creada en el Espacio Disforme por el avance de la Flota Enjambre había bloqueado las comunicaciones astropátícas desde los sistemas asediados, y la navegación a través del Espacio Disforme era más peligrosa e impredecible que de costumbre. Subsectores enteros del Imperio habían quedado incomunicados sin ninguna señal sobre lo que les había sucedido. Un puñado de supervivientes había logrado huir a bordo de naves que habían sido desviadas cientos de años luz de su ruta a causa de las turbulencias en el Espacio Disforme. Sus escalofriantes relatos sobre el avance de la pesadilla de la Flota Enjambre constituyeron el grueso de la información disponible para el Imperio.

Llegaban noticias de cielos en los que anochecía sobre contínentes enteros por las nubes de esporas venenosas arrastradas por el viento. De gigantescos monstruos que recorrían la tierra, desgarrando y destrozando con sus mortíferas garras. Relatos sobre millones de criaturas recorriendo la superficie del planeta, devorando todo lo que encontraban a su paso, dejando sólo un desierto. Poblaciones enteras habían sido subyugadas o eliminadas en una sola noche, y los que habían sido capturados con vida habían envidiado a los muertos.

En el sistema Miral, los regimientos de la Guardia Imperial y los Marines Espaciales del Capítulo de las Guadañas Imperiales todavía resistían ante el ataque de los Tíránidos que habían arrasado las frondosas junglas y plantaciones de Miral Primus. Las fuerzas Imperiales habían retrocedido hasta una gran planicie rocosa denominada Ataúd del Gigante por la población local, desde donde luchaban casi diariamente con las feroces hordas que atacaban desde las profundidades de la jungla. Las propias junglas se habían vuelto extraordinariamente activas desde la invasión, y sólo la defoliación constante evitaba que las lianas y las plantas trepadoras invadieran rápidamente la estrecha meseta rocosa en la que resistían los defensores.

Un capitán mercante independiente propagó el rumor de que Lamamo, un planeta salvaje, estaba totalmente bajo el control de los Genestealers. Cuando llegó la Flota Enjambre Tiránida, los feroces guerreros de las tribus habían subido sumisamente a las naves de la Flota Enjambre para ser consumidos por sus "dioses vivientes". También contó que en el gigantesco asteroide monasterio de Salem, los monjes habían preferido envenenarse, ellos y su meticulosamente estructurado ecosistema, antes de permitir que sus cuerpos y huesos sagrados fueran consumidos por los Tiránidos. Salem ya sólo era una tumba gigantesca.

Un capitán mercante había ayudado a evacuar millones de personas del mundo minero de Devlan antes de que el planeta fuera asolado. El extenso sistema de estaciones espaciales defensivas Sentinel que rodeaba Devlan había retrasado lo suficiente a la Flota Enjambre para que una enorme flota de transportes pudiera escapar al espacio. Una compañía del Capítulo de los Lamentadores entregó sus almas al Emperador y provocó numerosas bajas al invasor antes de ser finalmente aniquilada.

Pero parecía que no pudiera encontrarse refugio ni tan sólo en la huida. Una gigantesca nave de transporte de mineral que huía de Devlan con su carga de refugiados llegó a su destino ominosamente oscura y silenciosa. No estableció comunicación alguna, y llevó a cabo un aterrizaje automático muy lejos de cualquier núcleo habitado. Los que investigaron la nave se enfrentaron a escenas dantescas de horror y muerte tras forzar las compuertas herméticas. Hombres, mujeres y niños habían sido degollados sin piedad. Las víctimas eran cientos, o quizás miles; nadie podía asegurarlo. La Inquisición sospechó que se había roto el protocolo de cuarentena, y eso había permitido subir a bordo a una criatura Tiránida, pero no pudo encontrarse ningún rastro, por lo que sigue siendo un misterio.

Las defensas orbitales de Graia habían detenido a la Flota Enjambre durante un tiempo, pero los invasores habían arrasado la única luna de Graia. Ahora en cada órbita lanzaban una lluvia de esporas micéticas sobre el planeta. Cada espora causaba muchas muertes y una gran destrucción. Los exploradores informaron del descubrimiento de un mundo en las profundidades de la Franja Este que había sido colonizado por Hormagantes durante una incursión Tiránida hacía algunas décadas. Enjambres de estas bestias con brazos como guadañas habían matado todos los seres vivos del planeta, y ahora luchaban entre ellas en una inagotable sed de sangre.

El Inquisidor Czevak informó que el Mundo Astronave de Iyanden había sido embestido por una serie de ataques Tiránidos masivos. El antaño orgulloso Mundo Astronave había rechazado el ataque de una Flota Enjambre tras otra, pero casi había resultado destruido en el proceso. Varios Enjambres Tiránidos habían logrado penetrar en el Mundo Astronave, y habían tenido lugar encarnizados combates a lo largo de las esbeltas torres de Hueso Espectral y las magníficas cúpulas de los videntes. Después del ataque, la mayor parte del Mundo Astronave estaba en ruinas, y cuatro quintas partes de sus habitantes habían muerto o agonizaban. Había sido un terrible golpe para la raza Eldar.



Guerra total

El Adeptus Terra quedó suficientemente conmocionado por las noticias procedentes del Segmentum Última para convencer a los Altos Señores de la Tierra. Su conclusión fue rápida y sucinta: las incursiones de los Tiránidos contra el Imperio debían detenerse a toda costa; la raza Tiránida debía investigarse, y si era posible, debía exterminarse por completo. El Tarot Imperial predecía que se acercaba el peor momento para el Imperio desde la Herejía de Horus: el Devorador de Mundos había llegado a la galaxia humana, y hasta ahora sólo se había podido ver un poco de su verdadera fuerza. Siguiendo las órdenes de los Altos Señores, se puso en marcha la gigantesca maquinaria bélica del Imperio, y las fuerzas armadas se concentraron en el Segmentum Última, preparadas para la guerra total.

Los Mundos Industriales del Adeptus Mecanicus fabricaron decenas de miles de tanques, armas y máquinas de guerra. Los astilleros de Bakka y la Tierra trabajaron noche y día para construir los cruceros y otras naves de combate necesarias para detener la oleada de Flotas Enjambre de los Tiránidos. Millones de tropas de la Guardia Imperial se prepararon para embarcarse en una guerra por la misma supervivencia de la humanidad. Para el Imperio, la guerra es una religión, una cruzada contra las fuerzas de la oscuridad que acechan entre las sombras para esclavizar a la humanidad. Los Tiránídos son la blasfemia definitiva, una raza de criaturas que no busca la mera esclavitud, sino la aniquilación total.

Continuamente se descubren nuevas y mortíferas armas y criaturas Tiránidas: proyectiles de ácido de largo alcance que funden el acero como si fuera cera, criaturas que atacan con rayos de energía psíquica o rayos electrostáticos, bestias gigantescas, tan grandes como Titanes. La regularidad de los ataques Tiránidos va en aumento, y todavía no se ha encontrado una defensa adecuada.

Varios cientos de mundos habitados han caído ante el ataque Tiránido. Dos Capítulos enteros de Marines Espaciales con base en la Franja Este, las Guadañas del Emperador y los Lamentadores han sido casi aniquilados, habiendo sobrevivido a la masacre Tiránida poco más de una compañía.

Las derrotas no han sido totalmente en vano. En muchos sistemas, los Marines Espaciales han abordado naves Tiránidas mientras todavía estaban aletargadas después de abandonar el Espacio Disforirie. Estos grupos han penetrado en las partes vitales de las inmensas naves alienígenas, recopilando información sobre los Tiránidos y destruyendo miles de criaturas mientras permanecían en hibernación criogénica. La información obtenida por estos valientes Marines Espaciales ha sido vital para el Imperio en su búsqueda de una forma de destruir la amenaza de los Tiránidos.

Los Tecnosacerdotes han llegado a la conclusión de que los Tiránidos se originaron en el exterior de la galaxia. Su voraz estructura genética y su existencia biológica son totalmente diferentes con respecto a las criaturas más alienígenas de nuestra galaxia. Mientras que los humanos y los otros organismos de la galaxia se diversifican de forma natural en especies distintas a lo largo de millones de años, los Tiránidos evolucionan rápida y continuamente para hacer frente a las necesidades de toda la raza. Los Tiránidos no son una única criatura, sino un confuso conjunto de monstruosidades creadas para llevar a cabo funciones específicas. Por ello, los Tíránidos tienen diferentes tamaños, desde los gigantescos organismos espaciales que forman las Flotas Enjambre a las pequeñas criaturas como las escatafagódicas criaturas del tamaño de un escarabajo que limpian y reciclan los desechos orgánicos de los conductos de ventilación de las naves biológicas.

La mutabilidad consciente de los Tiránidos implica que nunca necesitarán desarrollar tecnología convencional como la utilizada por los hombres. Muchas de las armas Tíránidas, por ejemplo, se crean como armas simbiontes que han sido adaptadas y combinadas para disparar voraces proyectiles vivos, o generar energías mortales. Estos artefactos probablemente ni tan sólo han sido conscientemente diseñados por los Tiránidos, sino que se han diseñado a sí mismos en respuesta a las necesidades de la Mente Enjambre, adaptándose genéticamente a sus funciones desde el momento de su creación. Con el paso del tiempo, las sucesivas generaciones de armas simbiontes están cambiando y evolucionando continuamente para ser más ligeras, más eficaces o mortíferas contra los enemigos de los Tiránidos.

Al parecer, la Mente Enjambre necesita un flujo constante de nuevo material genético y nuevo ADN para crear nuevas criaturas y adaptarse a los nuevos entornos. Los Adeptus Mecanicus creen que los Tiránidos consumieron toda la vida de su propia galaxia, y quizás otras galaxías antes de cruzar el vacío interestelar en busca de nuevos mundos de los que alimentarse. Con sus billones de humanos e incontables criaturas más, el Imperio ofrece a los Tiránídos una inagotable fuente de materia orgánica y códigos genéticos para revitalizar a la Mente Enjambre y permitirle manifestarse de nuevas formas. Los Tiránidos representan la pesadilla de una evolución enloquecida y fuera de control: se trata de un voraz superdepredador de dimensiones interestelares que extinguirá a todas las otras formas de vida a menos que se consiga detenerle.

Fuente: GW



 



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